Es verdaderamente conmovedor observar el esfuerzo estético que invertimos en decorar nuestro quehacer laboral. Todo sea por encajar en esa puesta en escena que es LinkedIn, un ecosistema donde nadie tiene un oficio mundano y cada perfil parece redactado por un guionista de ciencia ficción. El objetivo es noble, por supuesto: impresionar a los algoritmos y, de paso, a esos “CEOs” de empresas unipersonales que abundan en la red.
En este nuevo orden, los simples vendedores han sido extintos; ahora benditos sean los Ejecutivos de Cuentas-Cliente. Tampoco queda rastro de los empleados -ese término tan Out-, hoy somos todos colaboradores sinérgicos.
Y en lo que a mí respecta, el humilde diseñador gráfico que trabaja con pymes ha muerto; ahora soy el Brand Strategist & Visual Architect, un ser de luz enfocado en catalizar marcas emergentes hacia el siguiente nivel.
¿Y a qué responde semejante maroma lingüística?
La hipótesis es poesía pura: el “diseñador” está encadenado a una vulgar tabla de tarifas de mercado. El Brand Strategist, en cambio, habita una dimensión etérea donde el precio flota en la ambigüedad más absoluta. Es el escape perfecto de la mediocridad del estándar.
El único inconveniente en este plan maestro es el cliente, ese ser obstinado que insiste en comprar resultados y no etiquetas rimbombantes. Al final, despojado del lirismo corporativo, lo que encuentra es al mismo diseñador entregando el mismo logotipo de siempre. Ese que, para colmo de males, cualquier Inteligencia Artificial te genera hoy mientras esperas que termine de filtrarse el café.
Así es como terminas atrapado en tu propio título exótico-nobiliario. Te conviertes en el esclavo de un concepto que te hace sudar frío cada vez que alguien te pide una explicación seria, todo esto mientras sostienes con amargura la misma tarifa de hace tres años porque, seamos sinceros, el truco no te funcionó.
Y ahí seguimos, esperando con fe que un desconocido valide un neologismo que nos inventamos un martes por la tarde, en medio de una crisis de pánico freelance. Un título que no ha cambiado la esencia de lo que hacemos desde hace diez años y que, irónicamente, solo entienden nuestros propios colegas. Nunca el cliente que paga.
Así que, para cerrar este maravilloso ejercicio de personal branding, me queda una pregunta: el día que decidiste rebautizarte con tres anglicismos que apenas puedes pronunciar...



Afirmación evidente, para el que la quiera ver: "Al final, despojado del lirismo corporativo, lo que encuentra es al mismo diseñador entregando el mismo logotipo de siempre." (Freddy)