Termina el año y las escuelas de diseño despliegan sus programas como si fueran el pasaporte directo a un futuro brillante: docentes con magíster o doctorado, laboratorios recién inaugurados y la eterna carta del prestigio institucional.
Todo forma parte de una puesta en escena diseñada para deslumbrar a los futuros estudiantes, pero omitiendo lo fundamental. Hay universidades tradicionales donde la empleabilidad de un diseñador ni siquiera supera el 50%; es decir, en promedio, la mitad encontrará trabajo... con suerte.
Lo que casi nadie admite es que el diseño está profundamente precarizado: sin estabilidad, sin ingresos competitivos y con una proyección incierta. Lo más insólito es que existen carreras técnicas de corta duración con resultados sustancialmente mejores.
01. EMPLEABILIDAD: BAJA, SIN IMPORTAR DÓNDE ESTUDIES
Si eres técnico en diseño, la tasa se mueve entre el 30% y el 50%. Esto significa que, de cada diez egresados, solo entre tres a cinco hallan trabajo en el área durante el primer año.
Si estudias en un instituto o universidad, la cifra sube apenas al rango de 50% a 70%, mientras que las universidades de renombre arañan un 80% como techo. En regiones, el indicador vuelve a desplomarse bajo el 50%.
La conclusión: insertarse es complejo y múltiples carreras técnicas tienen cifras bastante superiores.
02. INGRESOS: NO COMPENSAN EL TIEMPO NI EL COSTO
Si logras encontrar trabajo, los sueldos brutos promedio al tercer año son tajantes: $800.000 desde un CFT, $900.000 desde un IP y cerca de $1.100.000 si egresas de una universidad. Promedios nacionales que, por lo general, se estancan ahí. A modo de contraste, una ingeniería arranca con una empleabilidad similar y un ingreso promedio cercano a los $1.600.000 al tercer año. La brecha es brutal.
Por eso surge la pregunta que la academia evade: ¿tiene sentido financiar una carrera cara, larga y exigente para ingresar a un mercado saturationado y mal pagado? Resulta lógico asumir que las escuelas conocen estas cifras. Y si las conocen, el problema ya no es entender por qué pasa, sino cuestionar qué están haciendo para remediarlo.
A lo largo de los años me he topado con justificaciones insólitas como que “uno no estudia por las oportunidades laborales”: una vía bastante elegante para eludir la realidad.
Mientras las facultades presumen laboratorios, rankings y acreditaciones para aplaudirse entre ellas, nadie dice en público lo que los datos demuestran en privado. Y la duda de fondo persiste: ¿seguirán haciendo lo mismo a pesar de la falta de campo?

