Las redes se llenaron de gráficas hechas con Inteligencia Artificial. Comercios, restaurantes, profesionales y grandes empresas la utilizan por igual.
Dicen que se nota, que se ve barata y que espanta clientes. Sin embargo, la realidad es una sola: el mercado la usa.
El gremio, como de costumbre, respondió inundando las redes sociales con acusaciones hacia la IA: que nos quita el trabajo, que destruye el diseño y que perjudica al cliente por no comprender algo que hemos tenido décadas para explicarle. Pero la verdad es que nadie abandona a quien le resuelve los problemas.
La IA no te desplazó por ser buena ni por ser creativa; te desplazó por ser suficiente.
Durante años jugamos al tira y afloja entre el concepto visual y la necesidad real del cliente.
Mientras el cliente cambiaba de profesional, muchas veces solo buscaba a alguien que cediera un poco o hiciera algo más práctico, no necesariamente a quien resolviera mejor el problema. Y no lo hacía por ignorante: elegía con lo único que podía evaluar, porque nunca le dimos una métrica diferente para medir nuestro trabajo.
Mientras tanto, nosotros lo catalogábamos: el que exigía era “tóxico” y el que acataba sin protestar era el “ideal”. Acusamos al cliente de tratar el diseño como un commodity, pero buena parte de nosotros lo vendía como tal: por hora, por pieza y compitiendo contra otras cotizaciones.
Nunca explicamos qué cambiaba en su negocio cuando el diseño realmente funcionaba y aceptábamos silenciosamente competir por mera ejecución. Lo curioso es que vendíamos ejecución, pero nos ofendía que nos midieran únicamente por ella.
Así estábamos cuando llegó el famoso “sobrino que sabía diseñar”, aunque por suerte no todos los clientes tenían uno. Después llegó Canva, pero exigía un tiempo del que el cliente carecía. Finalmente llegó la IA, que solo necesita un párrafo y diez minutos.
El cliente se fue en cuanto tuvo a dónde ir, y no se fue por un tema de calidad.
Ya no tenía que escuchar discursos sobre “la pieza gráfica de circulación efímera para el hombre contemplativo que mira el horizonte”, cuando lo único que necesitaba era un flyer.
No buscaba una solución memorable, premiable ni conceptualmente sofisticada: solo necesitaba salir al mercado el viernes.
La IA no es mejor que tú.
No ganó ninguna discusión sobre el valor del diseño. Nunca explicó nada, nunca defendió un concepto y jamás habló de teoría del color, composición ni tipografía. Ganó en precio, velocidad y facilidad, justamente en las dimensiones donde nosotros elegimos competir.
Mientras seguíamos diseñando para recibir el aplauso de personas que nunca nos iban a contratar —es decir, otros diseñadores—, el único que sí pagaba se aburría en la reunión, esperando a que termináramos de hablar sobre la poesía del color para llegar a la única frase que le importaba: cómo conseguir sus objetivos.
La IA demostró que el cliente podía recibir “más diseño” y, aun así, menos soluciones reales. Pero también demostró que estaba dispuesto a aceptar un resultado técnicamente inferior con tal de salir al mercado a vender, todo sin tener que participar en una discusión intrascendente sobre la teoría del kerning.
En fin. Tal vez el cliente nunca entendió de diseño. O quizás nunca necesitó hacerlo.
Al final, el problema fue otro: nosotros nunca entendimos lo que el cliente necesitaba en realidad.


